miércoles, 4 de septiembre de 2013

La empatía

Por fin pude hablar con alguien que pasó por la pérdida de un embarazo. Es la primera vez que puedo compartir la vivencia en primera persona con alguien que pasó por la misma "experiencia" (peor, en realidad, porque no perdió uno, sino dos embarazos) y qué alivio, qué alivio enorme poder reírse con alguien que te entiende y armar el top five de las frases hechas:
1) "la naturaleza es sabia",
2) "si tiene que ser será y si no, por algo es",
3) "cuando te relajes vas a quedar" ("a fulanita le pasó, cuando se dio por vencida se embarazó"),
4) "¿probaste con reiki?",
5) La más cruel de todas: "¿no será que en el fondo no querés?"
Es taaaan larga la lista de boludeces que hay que escuchar y dejar pasar, que esta lista queda corta; en el fondo, qué importa lo que dicen los demás, si uno está tan concentrado en su propio dolor, lidiando con la decepción... pero, vamos, ¡que igual molesta!
Para mí toda esta historia quedó en el terreno de lo anecdótico, lo pienso y no me duele, fue tan en el pasado que no hiere, no genera sentimientos ya, pero igual estuvo bueno poder hablarlo con alguien que siente empatía con uno, que comprende, que sabe cómo es pasar por eso y sabe cómo se comportan los demás, que son un tema extra con el que lidiar.
Además estuvo lindo el asado, el reencuentro y, por sobre todo, la buena noticia de que la tercera es la vencida!

sábado, 31 de agosto de 2013

Dos reacciones para una noticia

"¡Pará un poco, me apabullás!", me lanza enojado IC del otro lado del teléfono y yo me quedo en silencio, de este lado de la línea, con cara de cobayo sorprendido, sin saber qué contestar. Quisiera decirle un montón de cosas hirientes que me calmen, pero eso no es una opción. Respiro hondo y me cuelgo pensando cómo puede ser que lo que para mí es obvio para él sea un notición que acaba de caerle como balde de agua fría. IC es un optimista perdido, y todos sabemos que para ser tan optimista también hay que ser algo negador. Dado que no me gustan las grandes caídas, mi método es el opuesto: prefiero planear el peor escenario y dejarme sorprender por lo bueno; siempre me anticipo a las cosas malas que puedan ocurrir y, a decir verdad, no me considero negativa por eso (solo un poco control freak). A esta diferente manera de encarar las cosas se suma mi anómalo y exacerbado poder de adaptación, heredado de una infancia llena de mudanzas y viajes por el mundo. Algún día tanto estrés tenía que rendir sus frutos. Igualmente, a veces no sé si me juega a favor o en contra, porque proceso las cosas tan rápidamente que creo que los demás interpretan que no me importa nada. No es así, solo pasa que tengo enormes propiedades homeostáticas con el entorno. Funciona más o menos de esta manera:
1) me entero, infiero o descubro algo que cambia una condición en la que vengo viviendo;
2) me quedo callada, fijo la vista sobre algo indeterminado y empiezo a analizar la nueva situación, hechos, consecuencias;
3) ordeno las cosas por color, por tamaño, por forma, por temperatura;
4) descompongo las circunstancias y las vuelvo a componer;
5) analizo las posibilidades y organizo los próximos pasos a seguir.
Para cuando todo este proceso termina ya tengo algunas decisiones tomadas, el escenario ordenado y me siento más o menos cómoda, más o menos adaptada a esta nueva circunstancia, que ya interpreto como bastante normal. Hago todo esto tan naturalmente que jamás me detengo a pensarlo, es la forma en la que abordo los problemas, no me lo cuestiono. Cuánto dura este proceso de asimilación dependerá, fundamentalmente, de la gravedad de lo que está en juego y del impacto emocional que me provoque; es obvio que no proceso todo en 10 minutos, pero las cosas que no son tan graves, que tienen solución, que cambian los planes, pero buah, tampoco es la muerte de nadie, no me llevan demasiado tiempo.
Enterarme de que tenemos que ir a inseminación artificial no es algo que me sorprenda, siendo que hace tres años que estamos en carrera y hasta ahora solo logramos un aborto espontáneo, que para eso mejor hubiera sido nada. No me sorprende, no me deprime, no me agarra mal parada. Lo vengo intuyendo, pensando y digiriendo hace bastante, por lo que asumir lo que sale del otro lado del teléfono no me lleva más que un par de "Oooh", "Y bueno", "Qué va a ser", "Mejor así, la verdad...", "¿Vos cómo estás?". Fue casi un alivio saber que hay un plan, que alguien tomó el toro por las astas y que no se nos van a seguir pasando los años en este suspenso ridículo.
El problema que yo tengo es que no soy buena entendiendo los tiempos ajenos y esa es la parte que tengo que entrenar: no está bien que no pueda domar mi ansiedad y darle a IC el tiempo que necesite para aceptar esta nueva situación. Tengo que aprender a callarme más la boca.
(Y él debería aprender a no enojarse conmigo cuando en realidad está enojado con la vida, pero eso es harina de otro costal.)

jueves, 29 de agosto de 2013

Los padres y las cosas

El ocaso de los ídolos, cuando atañe a los padres, se va dando, por lo que pude ver, de manera bastante natural con el paso del tiempo. Algunos obtuvimos el empujoncito de varios años de terapia, otros llegan sin ayuda, pero la cuestión es que todos, más tarde o más temprano, terminamos por subir la escalera que nos lleva al panteón de las esfinges y, raudamente, las bajamos del pedestal para reubicarlas (por fin) en planta baja, ahí donde se las puede mirar sin tener que forzar la nuca.
Ciertos padres, o, mejor dicho, ciertas imágenes de nuestros padres, llegan más dañadas, mutiladas y corroídas que otras; eso dependerá de la experiencia individual, pero los que tuvimos la suerte de tener padres “mássomeno normales” no necesitamos un proceso tan lapidario y nos conformamos con mirarlos bajo una nueva luz: la de los simples mortales. Ya con lograr desautorizarlos y quitarles el peso de “la verdad”, creo que la mayoría nos disponemos a recorrer ese espiralado camino que nos conduce hacia la adultez con bastante –sino alegría, por lo menos– calma. Mucho más allá de eso, en los confines de ese proceso, se halla el doloroso momento en el que la balanza se inclina demasiado para el lado de enfrente y somos inexorablemente catapultados hacia el otro lado del espejo; pero para eso falta y no lo quiero ni pensar.

Ahora bien, cuando a todo este recorrido personal se suman, además, los problemas de salud de los padres, las cosas se complican y se mezclan, y ya nada parece ni tan sencillo ni tan determinado. Y cuando la salud que está en juego no es la que ataca el hígado sino la que roza lo mental, la cosa se complejiza todavía un nivel más arriba, y los tabúes y las ambigüedades ocupan un lugar indeterminado cuya simple existencia, por menor que sea, da vergüenza admitir. 

lunes, 26 de agosto de 2013

domingo, 25 de agosto de 2013

Mi esperanza

Como será de optimista mi esperanza, que se agarra de una ramita de laurel en el medio de una tormenta oceánica. Ella reniega de la lógica y de los análisis, porque vive de la magia de lo posible. Cuando me pongo pesada con mis argumentos, se queda muy seria, me mira a los ojos y hace: "Shh-shhhh", con un dedo cruzado sobre la boca. Mi esperanza es indiferente a los razonamientos, se tapa los oídos para no escucharlos o simplemente opta por sentarse dándome la espalda, y se dedica a coser colores con los indicios que la alimentan, indiferente a mí, a mis ideas, a mis números. Mi esperanza siempre parece primavera; es risueña, medio autista y cabezona, pero me salvó de la desesperación tantas veces, que la necesito como al aire.

jueves, 22 de agosto de 2013

La preocupación

Eso es lo que creo que cambió entre mis amigas y yo desde que nos conocimos, a los doce o trece años, hasta ahora: el nivel de preocupación que tenemos respecto de todo. No es que la vida se va poniendo más difícil, ni que el trabajo cotidiano y las responsabilidades son un flagelo, como nos vaticinaron de chicas algunos adultos (aunque, tal vez, estos factores un poco colaboren); el tema diferencial -para mí- es la conciencia que se tiene respecto de todo lo que nos pasa y nos hace huella constante; la capacidad de prever, de anticiparse, de sacar conclusiones y evaluar consecuencias que fuimos ganando con los años, que nos destierra definitivamente del estado de placidez despreocupada en la que (los que tuvimos suerte) crecimos y nos desarrollamos. Con el tiempo, adquirimos plena conciencia de que los problemas de nuestros padres ya no son más esas cosas "de grandes" que no nos incumben, y poco a poco se hace evidente la necesaria intervención en los asuntos familiares, el hacerse cargo de los temas de salud de unos y otros, tal vez de dinero, los asuntos legales que pudieran surgir, las nimiedades de la vida doméstica... todos esos temas van ingresando, de a poco, en filita, en la esfera de las propias responsabilidades, de las propias preocupaciones, y así vamos llenando, con cada tema ajeno que resolvemos, el compartimiento de la "adultez". Las que tienen hijos supongo que se deben sentir todavía más abrumadas, con tamaña multiplicación de responsabilidades y temores en forma casi exponencial. Sin embargo, -al menos en este caso- parecería que se cumple el refrán que reza que todo lo que no te mata te fortalece, ya que si estos procesos se van sucediendo naturalmente, a las edades "que corresponde", etc., toda esa nueva "carga" que vamos tomando se acompaña también de una mayor fuerza y calma para abordarla, así que podríamos decir, ya haciendo abuso de la sabiduría popular, que la vida aprieta pero no ahorca. 
En definitiva, se trata de un equilibrio que va inclinando el eje de sustentación primero de un lado, después hacia el centro y, más tarde, del otro, y, como una bola que va girando en la callecita de la vida, vamos recorriendo el circulo que nos conduce a su cierre, y así es como más que nunca ahora siento que lo estoy promediando, y está muy bien así.

viernes, 16 de agosto de 2013

Señora y señora P.

Este fin de semana largo viajo a la Patagonia para el casamiento de una gran amiga mía, una de las mejores, de las más hermanas que tengo: P.
Mi amiga se casa con su novia. La revelación acerca de que nunca iba a haber un Sr. y una Sra. P. no es algo que haya ocurrido hace tanto; pongamos tres años atrás, lo cual en nuestros 37 de vida no representa gran cosa. Mi amiga es muy particular, digamos que ya de por sí no es la encarnación de la alegría, pero con los años se había vuelto cada vez más hermética, más huraña, más depresiva y fue como una espiral en descenso, cada vez peor y peor, hasta que vino la revelación, y ahí la cosa cambió rotundamente. 
P. remontó como nadie se hubiera imaginado que podría. Claro que sigue sin ser la alegría de vivir, pero aceptarse y mostrarnos quien era realmente le cambió la vida; supongo que le habrá generado gran alivio confirmar que ni su familia ni sus amigos cambiamos en nada nuestra relación con ella, ni nuestra percepción acerca de ella. Es más, creo que cuando lo supimos, todos pensamos: “Claaaaro, ¡¿pero cómo no me di cuenta antes?!”.
Creo que tener que falsear la propia identidad, ocultar algo que nos constituye como individuos debe ser uno de los castigos más grandes que nuestra cultura nos impone...

¡Confetis y amor para todos este finde largo!